VELANDO POR EL RESPETO Y DERECHO A LA MUJER

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Fue a los 12 años que experimenté un primer acoso en la calle, en la esquina enfrente de mi casa; un hombre con apariencia de drogado y locura (ojos muy abiertos y una sonrisa sin sentido) me habló, me regaló una paleta y me dijo que me esperaría todos los días en la misma esquina. Para una niña de 12 años que apenas salía sola a la calle eso era una amenaza tremenda. Con miedo inusual le dije a mi madre. Ese miedo que no podemos explicar, el cual tenemos por algo que no hemos cometido.

Como una “iniciación” me siguieron años de uno que otro evento de acoso, algunos más leves, otros más intensos; como por ejemplo una mañana que iba camino a mi universidad, y un hombre flaco con apariencia de drogado me seguía el paso a mi lado izquierdo, ligeramente atrás de mí. Yo trataba de actuar normal, por supuesto. Pero, al parecer el “tipo” no cedería a mi desatendido. Estuvimos así como dos o tres cuadras largas y lo pude perder con un podo de artimaña. Pero eso no terminó ahí, al otro día me esperaba en el mismo paradero, ¿caminaríamos las 3 cuadras de nuevo?, ¡oh, no!, ¡qué pesar! Pero, acaso nadie ve la violencia que me está causando este sujeto. Al parecer no. Entonces vi a un policía, al fin podría tener un poco de “seguridad”. Corrí hacia él y el sujeto se esfumó rápidamente, a penar pudo verlo de lejos el policía, le expliqué todo lo que me había estado “haciendo”: me había seguido, esperado, incluso el segundo día me susurró al oído algo como “-hola, ¿tienes miedo?-“, en pocas palabras: me había acosado. Lo curioso fue el diálogo que tuvimos el policía y una servidora:

-¿te tocó o algo así?,

-no, sólo me seguía-

-Ah, bueno. Pero ya se fue.-

Yo me quedé paralizada, decepcionada y algo aliviada, al menos alguien más ya sabía de este evento. Quizá al ver mi miedo el policía me dijo que tomara mi camión para la universidad y que él vigilaría que no se acercara nadie en el trayecto. Así que ese día más cuidada pude abordar el autobús. Fue muy amable de su parte de aquél hombre con sombrero azul. Mientras que el otro sujeto me miró desde lejos en la misma esquina por donde se había fugado. No lo volví a ver.

Como estas, tengo historias de cuándo me han violentado los hombres en sus distintas manifestaciones: “chiflidos”, “piropos”, frases como: “bonita”, “hola guapa…”. Al parecer el hombre siente un tipo de “licencia” para expresar sus deseos, a costa de faltar al respeto a la mujer. No. Con esto no quiero decir la frase típica “todos los hombres son iguales…”; sino más bien, lo que quiero decir es que aún falta mucho para erradicar la falta de respeto que se está acostumbrado a dar a la mujer de nuestra época. 

No quiero etiquetar ni pretendo dividir a las clases sociales, pero curiosamente quienes acostumbran este tipo de comportamiento son los hombres de la basura, camioneros, pepenadores y vagabundos. Quizá la tarea del sector educado y académico sea trabajar más en cómo educar y concientizar a este social. Quizá sea necesario ejecutar penalizaciones para esta violencia no visible, pero real y de igual magnitud hacia la integridad de la mujer.

 

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